jueves, 22 de septiembre de 2011
El era tan perfeccionista que se aprendió cada rincón de su cuerpo, como acarisiarla en agonía, llevarla al clímax perfecto era un secreto que guardaba por su almohada, cada que ella entraba en su habitación las ventanas tenían una afinidad de soltar una emulsión sofocante, presionaban el calor contra los cuerpos en movimiento, la cama era un refugio donde las piruetas trasladaban por la noche, de un paraíso a otro, era un simple ritmo, una sola nota a un grosor sustancioso, podría fundir cualquier imaginable objeto al pensar como llevarla al rincón de la locura, tras la cortina forzando su virilidad contra su delicada rosa, era una situación de caballeros, el placer de una dama...
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