lunes, 7 de febrero de 2011


Fue a los 12 cuando trabaje con Don Casimir, el viejo de los recuerdos; sus mas de 80 años no le permitian mantener aseada la tienda, y a eso me dedicaba yo. Amaba cada uno de los objetos, desde el botón caído del uniforme de Hitler, un centavo peruano, el cinturón de castidad, hasta las joyas de Cleopatra que se consiguieron en el mercado negro; los segundos eran años,  y retrocedia con la luz tenue en los ojos, un bulto mas en mi cabeza que ocultar bajo el sombrero, cada burbuja provocaba un dolor penetrante, pero me fascinaba poder vivir tantas vidas, que olvidaba el dolor, tras ver la espalda de Hitler, bajo su pisada recoger aquel botón que lucía nuevo, Tocar  la piel delicada de  Cleopatra, el aroma profano de su cuello, y ser Yo, un sirviente  incauto ante la hermosura de su desnudez; los lapsos se eternizaban en su propio mundo de cristal, y si deceava regresar, bastaba estar frente al espejo y elegir alguno. Una tarde mientras barria la entrada, una niña se asercó, y me hizo la pregunta que todos hacen..

por qué nunca sacas el sombrero? - me adelante a responderle que era calvo, y ella se adelanto con otra pregunta. .. Me permites mirar? - tras un momento pretificado y perdido le conteste..
Veras, mi coco calvo y palido, cuida fielmente una gran cantidad de secretos,  ideas imaginarias de vidas pasadas, no se si podrás soportar mirar, prefiero lo extraño indiferente que lo fenomeno señalado, La crueldad es inmensa, soy un niño y tu sonrisa me pide demaciado...

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